Los Pobres Que pedían de puerta en Puerta

Hoy, vemos en las grandes ciudades (vivo en Madrid) gentes abandonadas a su propia suerte, como consecuencia de la droga. También es frecuente ver personas que no tienen casa y duermen a la intemperie, se comportan como zombis, a duras penas son capaces de sujetarse en pie. Las víctimas de la droga pertenecen a una sociedad industrial desarrollada, donde predomina un excesivo consumo y no se carece de lo necesario para sobrevivir. Estas personas que han caído en la pobreza y desamparo familiar cuentan, en la actualidad, con instituciones de carácter social que protegen y dan cobijo a todos quienes han caído en la desgracia. Por otro lado, hay comunidades religiosas que gestionan albergues donde ofrecen cama y alimento a estos pobres, si voluntariamente desean ingresarse en estos lugares. Para estos menesterosos, hoy no es muy difícil poder saciarse. Con frecuencia se les ve con un cartelito en el que cuentan su desgracia, a la vez que extienden la mano a los transeúntes, los cuales suelen ser generosos. La Seguridad Social tiene en España carácter universal.
Si estas personas enferman, se les asiste de forma gratuita en cualquier centro médico u hospital. También existen pensiones no contributivas, que auxilian a aquellos que, por alguna razón, cuando trabajaron no cotizaron. Por último, es frecuente ver en las ciudades a personas que buscan alimentos en los cubos de basura, porque los excedentes de la alimentación en nuestro país son abundantes.
En los pueblos de España han desaparecido prácticamente los mendigos. Los pobres de los años cincuenta eran aquellos vecinos de mi pueblo que vivían en chozos o en casas de una planta, con una superficie no mayor de veinte metros cuadrados. El hambre lo asolaba todo. Cuando los niños pertenecientes a estas familias llegaban a su casa y pedían de comer, en muchas ocasiones las madres los mandaban a la calle, pues no tenían para darles un trozo de pan. Estas mujeres y madres
andaban descalzas, con vestimenta usada. En su cara se reflejaba el sufrimiento y su mala alimentación. Se las utilizaba para fregar y limpiar las casas de los señoritos. A cambio les pagaban no muy abundantemente. Algunos los obsequiaban con tocino rancio y un poco de aceite.
Los hombres no tenían trabajo. Se dedicaban a ir por los campos a coger leña o lo que pillaran. Era frecuente que la Guardia Civil los detuviera cuando los encontraban cogiendo algo que no era de su propiedad.

Los domingos, estas mujeres se desplazaban en grupo, para situarse en la puerta de la Iglesia. Allí extendían la mano para que les depositaran la limosna habitual, que solía ser muy escasa. A continuación se dirigían a las puertas de las familias adineradas y allí permanecían hasta que “la señora” mandaba a la criada para que les repartiera algún comestible o moneda. Sin embargo estos pobres fijos, que a pesar de todo conseguían sobrevivir en mi pueblo, no eran los más desgraciados de los pobres que yo conocí. La situación de los pobres transeúntes que iban por los pueblos mendigando era aún peor. El sufrimiento que padecían todavía me duele.
Situémonos en un domingo cualquiera de un invierno lluvioso. Salíamos de misa y nos dirigíamos a ver las carteleras, que anunciaban la película que aquella noche proyectarían en el cine. Por aquella calle, la más larga del pueblo, caía un aguacero imponente. Las calles estaban llenas de charcos, donde era frecuente caer, si no andabas listo y salteabas las trampas. Las piedras y los rollos por el medio eran armas siempre preparadas, a las que con frecuencia se acudía cuando surgía alguna pelea.
Los hombres volvían del campo envueltos en sus mantas, protegiéndose de la lluvia, encima de sus cabalgaduras, acompañando a su ganado: caballos, asnos, mulos, bueyes, ovejas, cabras, etc. Los carros, tirados por mulos y caballos, producían un ruido estremecedor, pues sus ruedas todavía estaban recubiertas por aros de hierro, que en contacto con los rollos y socavones hacían temblar la tierra a su paso. Los hombres decían juramentos en contra del tiempo, la lluvia y el frío, que les habían hecho regresar. Las mujeres que los acompañaban gritaban alborozadas, pues la inclemencia del tiempo que les había hecho interrumpir sus faenas les venía bien para recoger las cosas de la casa y atender a sus hombres y a la prole. Era la época de la recolección de la aceituna, y en este trabajo se contaba con todas las mujeres de mi pueblo. Había jornales durante dos meses; había felicidad en el pueblo.
Aquellos días de frenética actividad era frecuente ver en la calle a los pobres más desgraciados. Eran pobres forasteros que recorrían los pueblos durante la época de la recolección. Junto a su pobreza real, junto a su hambre, mostraban su desesperación física, cojos con una sola pierna, acompañados de muletas, cojos sin las dos piernas, mancos sin uno o los dos brazos, tuertos, ciegos. Todos daban alaridos enseñando sus desgracias, acompañados por sus mujeres e hijos, contando sus mutilaciones producidas en nuestra Guerra Civil. Llevaban morrales y allí metían lo que se les daba. Iban de puerta en puerta diciendo: “Una limosnita, por el amor de Dios”. Tocaban la puerta con la muleta o el bastón e insistían hasta obtener alguna respuesta. En todas las épocas había pobres, pero en invierno el número era mucho mayor. Mis padres siempre auxiliaban a los que tocaban nuestra puerta. Me decían:
—Baja y dale este trozo de pan.
Otras veces les dábamos higos o uvas de cuelga o un colgadero de tomates. Aquellas personas besaban las manos de sus benefactores. A mí me gustaba dar limosna, en mi familia se ejercía la caridad con verdadero sentimiento. El resultado era que nos visitaban cada día muchos pobres y, como teníamos poco que dar, a los que llegaban en último lugar, mi madre les decía:

—Perdone usted, por Dios.

Y aquellas personas con gran resignación iban a otra puerta. Aquello sí que era pobreza. Algunos morían de frío y hambre. En aquellos años, los lugares de carácter social donde proteger a los menesterosos eran muy escasos. Lo que existía era la caridad popular.

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