COMENTARIO DEL LIBRO “Viejas y Olvidadas Historias” DEL AUTOR RICARDO HERNANDEZ MEGIAS

Hombre afectuoso, entrañable y sencillo. Gran conversador, de mente privilegiada y limpia, sin resquemores, que ha aprendido mucho de los libros. De ahí su amplia formación,  aunque nunca  olvidó la enseñanzas de las experiencias vividas. Profundo conocedor de Extremadura, de la tierra y del vivir de aquellas gentes, pasadas y presentes, por las que exhibe  y declara una gran ternura y sentimiento.

Este bibliófilo, con quien comparto paisanaje y el mismo tiempo vivido, además del amor por la historia y la literatura, del que acabo de leer “Viejas y olvidadas historia de mi pueblo” , en las que me he encontrado con nuestra tierra,  siempre presente en mis sueños y en mis amaneceres, he vuelto a revivir aquella Extremadura de “ blanco y negro”, llena de estrecheces y a la vez de fantasía,  me he reencontrado con aquella niñez dónde se carecía de tantos medios, incluso para jugar, en la que fuimos tan felices.

He recordado aquel realismo existencial, que todos encarábamos como lo más natural, sin darnos  tregua al lamento, sin lamernos las heridas. Allí aprendimos a vivir con hidalguía, sin aspavientos. Allí aprendimos observando o protagonizando las historias que acontecían, a las familias, a los vecinos, en la escuela.

Así el autor, en su relato “Muerte de un hombre” se enfrenta al colosal suceso, no con la muerte de un vecino, o de una persona mayor, lejana, fuera de su círculo íntimo, sino con la muerte inesperada,  de su propio padre, por el que  manifiesta gran admiración  y  amor. Y ya adulto nos refiere el hecho, de forma suave. Sin hacer mención a los  lloros desgarradores de los acompañantes en el duelo, muy propios de aquel tiempo, ni al tenebrismo que le supondría el tañido  de las campanas, doblando a muerto. Aquel  niño, de siete años, perdió seguramente la candidez de la infancia cuando escuchó la voz de su madre  diciendo……” Hijo que va  a ser de nosotros”.

Allí, en los aconteceres de aquel tiempo, los niños aprendimos a  distinguir entre lo insustancial y lo imperecedero, con el ejemplo de lo que ocurría a nosotros y a lo que nos circundaba, supimos en qué consistía  la honradez, la valentía, el amor, el miedo, el altruismo, la miseria, la alegría y aquellas marcas iban quedando indelebles en nuestra personalidad.

“La pantaruja”, que cuenta el autor, en mi pueblo recibía el nombre de “aullones”, gentes pertenecientes a las clases poderosas,  se emboscaban en la oscuridad de la noche y vagaban por las calles con indumentaria y luces que producían pánico en la mayoría de las gentes, entonces sumida en la ignorancia y la superstición, solo con el fin de conseguir los amores prohibidos que a la mayoría de la gentes le estaban vedados.

Sin embargo siempre aparecía quien descubría, a los cazadores de aquellos amores clandestinos. De esta manera,  se mostraba el engaño, la doblez, para obtener ventaja de las situaciones de privilegio, uno iba entendiendo de la situaciones injustas y sentía  quemazón y  resentimiento en el alma, creándose los anticuerpos necesarios, para defenderse en la vida.

Malditos, despreciados, acusados por el vulgo, aquellos que osaban abandonar a un anciano propio, no había clemencia para ellos, todo el mundo se sentía afrentado por aquella acción, y juzgados severamente. Nadie escapaba a la vergüenza  del hecho pero el autor se sumerge en el ambiente, parece que está presente en el acto principal, en el recorrido del camino por donde pasan, padre e hijo, en dirección al asilo, no se le escapa al autor, el silencio del padre, el aullido del lobo, la acción del tensando la jáquima para impedir que la burra se distraiga comiendo.

De aquel campesino nos cuenta que vivía de la tierra, y por eso la amaba intensamente, porque ella era el sustento y la despensa de su casa. Amor que sigue imperecedero para aquellos que nacimos en un ambiente tan rural.

 Fuimos los niños de la posguerra, los que vivimos de manera directa las consecuencias de nuestra guerra civil, y a ello, no ha podido escapar nuestro Ricardo. En silencio escuchábamos los niños hablar, de rojos y azules, conocíamos a familias que a algunos de sus miembros les dieron el paseo, allí en la cuneta próxima, mataron a dos hermanas después de abusar de ellas. Familias enteras huyeron, y cuando se entregaron, pensando en el perdón, encontraron hombres sin piedad.

En el relato del alcalde, Juan y su hija  María, encontramos al hombre acosado por los nuevos vencedores, pero el autor, en la explicación trágica del huido, no deja de recrearse  en el paisaje y sonido de la sierra extremeña.

En aquel tiempo en la enciclopedia “Álvarez”, único libro que utilizábamos en la escuela, nunca hubo un apartado que nos diera la posibilidad de abordar de alguna manera la educación sexual, y para nuestros padres, en general, la sexualidad era un tema tabú, para tratar con los niños, y sin embargo, todos aprendimos de “aquella manera “en directo, o tuvimos diferentes experiencias que nos iban acercando a la sexualidad. Los cambios fisiológicos, la aparición de la mujer como complemento indispensable para la vida, era el relleno necesario en el que encontramos un mundo nuevo.

Justas son las quejas del autor por el mal trato dispensado  al perro, animal capaz de la mayor lealtad, narración sensible y de amor inmenso, en aquellos tiempos de escasez y penuria, de desajustes sociales, de dureza y fatiga, era posibles que  apareciera  los bajos instintos, la mala hiel, el afán  destructivo y maligno que habita en el hombre. Junto a ese caudal de maldad y a esa realidad tan cruel, hubieron  personas ocupándose de los desheredados, de aquellos que todos conocíamos y que nadie  cargaba con la cruz de sostenerlos, cuidarlos, alimentarlos, darle cariño y esperanza, además de dar ejemplo en el cuidado de los animales. Estas personas con su ejemplo y entrega, –  los ha habido, los hay y habrá siempre,- son los que hacen posible reconciliarse con el género humano.

Porque  digo lo de D. Quijote:

 “Cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces”

                                                 Madrid 4 de Marzo de 2018

Fernando Jiménez Guerra

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