RELATOS ESCOLARES DE OTRO TIEMPO”

Estamos en el siglo XXI, hace 22 años que comenzó, aquellos que circulamos durante 50 años por el siglo XX, y que aún continuamos por el siglo siguiente, es mucho lo que vivimos y procuramos transmitirlo a nuestros hijos, y en general a todas las generaciones que han venido sucediéndonos.

Durante nuestra juventud, independientemente de las profesiones que cada cual ha tenido, cada uno de nosotros tratábamos explicar a nuestros hijos, lo diferente que había sido nuestro tiempo, con respecto a lo que ellos estaban viviendo. Pero aquellas explicaciones, casi siempre, se quedaban en el intento, porque cada cual, se afanaba en evitar los malos tiempos de su pasado, aunque tuviera que reventar a consecuencia de prolongar sus horas de trabajo para que aquellos, sus hijos, pudieran disfrutar de lo que nosotros carecimos.

¡Fue tanto lo que cambió el mundo en tampoco tiempo! Era tan importante sentirse protagonista, de aquello que con nuestro esfuerzo cada uno estaba consiguiendo, que cada reto se transformaba, en historias interminables de las que podías sentirte héroe de aquel mundo inesperado que estaba surgiendo.

Ya en los años 60, aquel régimen nacido de la guerra civil, de alguna manera se iba ablandando, LOS CAMBIOS QUE SE PRODUCIAN en el mundo influían de manera determinante en nuestro país, algunos tuvimos la fortuna de poder estudiar y encaminar nuestra vida a través de ese proceso, otros tuvieron que emigrar o no, pero hicieron lo que muchos llamaron “el bachiller de la vida” a través del cual alcanzaron con suficiencia lo suficiente, para que su familia, tuviera aquello que de niños ellos, nunca hubieran podido soñar.

Hoy en el siglo XXI no es imaginable que nadie en nuestro país no pueda hacer una carrera por insuficiencia económica, hoy la educación, la sanidad, y el alimento, en nuestra nación, está garantizado. Nadie está abandonado, sin protección alguna, quizás en algunos casos sea insuficiente, pero existen ayudas incluso para aquellos que abandonan sus países, y una vez aquí, se le reconocen todos los derechos que en aquel tiempo pasado, muy poca gente en nuestro país poseía.

Pero independientemente de cual sea la historia de mis contemporáneos en el pueblo donde nací, Alcuéscar. Hoy me viene a mi memoria la importancia que para mí, tuvieron dos grandes personas, que hicieron mucho bien a los niños que como en mi caso, tuvimos la fortuna de tenerlos como maestros y fueron D.MARTINIANO MARTÍN SANTIAGO y D. JUAN ELENA RUBIO.

Ellos fueron los responsables que se me despertara la ilusión por el saber. Por ello mi pequeño homenaje a estas dos grandes docentes a los que quiero referirme de manera pública y que hicieron mucho bien a todos aquellos niños que fuimos sus discípulos.

Antes de referirme a ellos, deseo poner de manifiesto el ambiente escolar que en aquel tiempo vivíamos en mis primeros años escolares.

Deseo advertir que para confeccionar estos apuntes he utilizado el libro publicado por mí en 2012 “MEMORIAS DE UN HOMBRE QUE NO APARECERÁ EN LOS LIBROS DE HISTORIA

Mi llegada a la escuela

(En estos apuntes los nombres que aparecen, excepto los homenajeados, son figurados. Los hechos y las personas existieron en la realidad.)

Un día de 1953 mi madre se dirigió a la Hermandad (institución de carácter social) acompañada por mí, a cobrar una prestación que se denominaba “subsidio”. Abonando dicha prestación estaba don Secundino, maestro de la escuela pública de mi pueblo. Mientras le abonaba el subsidio a mi madre le dijo:

—Este niño parece muy despierto. ¿No va a la escuela?

Mi madre contestó.

—Es muy pequeño todavía, solo tiene cuatro años.

Don Secundino dijo:

—Mándamelo mañana mismo con el hermano.

Mi madre marchó contentísima. Cuando llegamos a casa, le decía a mi abuela Natividad, a mi padre y demás familia:

—¿Qué le habrá visto el maestro a este niño, cuando tan pequeño me ha dicho que se lo mande a la escuela?

Al día siguiente, cogido de la mano con mi hermano, nos presentamos en la clase de don Secundino. Observé que tres o cuatro niños más o menos de mi edad también llegaban aquel día a la escuela, por primera vez, pero iban acompañados de sus madres. Mis condiscípulos lloraban, no querían quedarse en la clase. No entendía cómo aquellos niños podían llorar por llegar al mejor sitio del mundo para ellos. Mi madre había hecho una labor tan extraordinaria acerca de la bondad de estar en la escuela, que cuando ingresé en ella me parecía que lo mejor del mundo me había sucedido.

La primera contrariedad que tuve que soportar fue la de no poder estar al lado de mi hermano. El maestro nos ordenó ponernos en la última mesa de la clase y cuando se dirigió a nosotros lo hizo muy enfadado. Allí permanecimos todo el tiempo, sin hacer nada y por mi parte observándolo todo.

Al fondo se encontraba el Maestro, sentado delante de una gran mesa; a su izquierda, una pizarra totalmente escrita. En lo más alto de la pared de enfrente había un crucifijo; a su derecha, la foto del generalísimo Franco y, a su izquierda, la de un joven que me parecía muy guapo y se llamaba José Antonio, según contaban. El maestro tenía a su lado una vara con la que golpeaba en la mesa y mandaba silencio. Recuerdo que todos los niños se pusieron a cantar, pero lo que entonaban eran las oraciones que mi abuela me enseñaba, es decir, que rezaban cantando. A continuación decía el Maestro:

—¡Vamos a leer!. Que vengan los de la a, i, u.

Un grupo de niños se desplazó hasta la mesa del maestro y este les hacía que fueran conociendo y repitiendo las vocales. A continuación llamaba a los niños que iban por la “m”, después los del “tomate”, etc.

El método empleado por mi maestro para la enseñanza de la lectura era el silábico, el mismo con el que aprendieron a leer los niños romanos de la época clásica. En pleno siglo XX, aprendimos a leer con una metodología utilizada dos mil años antes de nuestro nacimiento.

En uno de los grupos que el maestro llamaba observé que iba mi hermano. Él me miraba orgulloso; el maestro había llamado a su grupo. Se pusieron en fila, y uno a uno iban leyendo lo señalado por el maestro. No quitaba la vista de mi hermano y él tampoco de mí. Hasta que le tocó leer. El caso era que mi hermano debía de confundir alguna sílaba y, cada vez que se confundía, el maestro le daba un manotazo y otro manotazo, hasta que lo hizo llorar. Aquello a mí no me gustó nada; la admiración que sentía por aquel hombre cuando lo conocí, se transformó desde aquel momento en antipatía. Terminó la mañana y marchamos a casa. Mi madre nos preguntó qué habíamos hecho en la escuela, y rápidamente le conté que el maestro había pegado a mi hermano. Mi madre contestó:

—Si le ha pegado ha sido por su bien. Lo que tenéis que hacer es aplicaros para que el maestro no tenga que pegaros.

A los dos o tres días de estar con aquel Maestro, a la hora de la lectura dijo:

—Vamos a formar el grupo de los “cagones” (algunos todavía no controlábamos esfínteres enteramente).

—Tú, tú y todos vosotros (unos cuatro o cinco) vais a aprender las primeras letras. Tenéis que decirles a vuestras madres que os compren una cartilla, que mañana empezamos.

Llegué a casa tan contento porque el maestro había dicho que mañana comenzaba a leer. Rápidamente le dije a mi madre que tenía que comprarme una cartilla.

—No, hijo, de comprarte una cartilla nada, porque tengo guardada la primera de tu hermano que ya no la necesita y la puedes aprovechar tú, pues está casi nueva.

Al día siguiente llegué a mi clase con la cartilla de mi hermano y en seguida nos llamó el maestro para leer. Cuando me tocó, recuerdo perfectamente al maestro que me preguntó, poniendo el dedo índice sobre una de las vocales:

—¿Cuál es esta?

No supe responderle, nunca había reparado en aquella cosa. El maestro proseguía.

—¿Y ésta y ésta y ésta? —obteniendo la misma respuesta por mi parte.

Dijo don Secundino:

—Mira, tonto, esta es la “a”, la “i”, etc. Ahora repítelo tú.

Volvió a colocar el índice en una de ellas, no sé si acerté la primera. Pero a la primera que no acerté me dio un pescozón en el cogote que me llenó de sorpresa y me puse a llorar. Pero él prosiguió señalando vocales y, a cada fallo, un pescozón, hasta que dijo:

—Anda, vete a tu sitio y espabila, que mañana hay más.

Cuando llegué a casa, comencé a llorar y le conté a mi madre que don Secundino me había pegado porque no sabía leer.

Mi madre dijo:

—Pero, ¿te ha pegado mucho?

Yo le contesté que sí. Y ella prosiguió, muy enfadada conmigo:

—Entonces es que has sido muy torpe, yo que pensaba que eras listo. Ven que te voy a enseñar yo, para que el maestro no te vuelva a pegar.

Aquella tarde mi madre me enseñó las primeras letras vocales, y a continuación proseguimos con toda la cartilla, de tal manera que al día siguiente don Secundino me pasó al grupo que leía en la segunda cartilla. Estaba sorprendido, y lo más importante es que se atribuía el mérito de mi aprendizaje.

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Aquel maestro se ocupaba fundamentalmente de desbrozar las mentes de los más pequeños y de aquellos otros que por alguna causa no eran capaces de superar la “ciencia infusa” con la que aquel señor nos inundaba. A la sazón, su trabajo consistía en “enseñar” a leer y a escribir (malamente) a todo el que por su clase pasara, y a sumar y restar sin llevar. No importaba el tiempo que cada cual necesitara; allí se permanecía hasta que el objetivo era alcanzado. Los hubo que desde aquella clase salieron directamente a trabajar, sin lograr superar tan ardua hazaña.

La ilusión por el saber que en mi casa me habían infundido (mi madre y mi abuela Natividad) desapareció muy pronto, pues nada nuevo me exigían. Sin embargo, se despertó en mí gran interés por todo aquello que en mi entorno escolar sucedía.

Un buen día salimos de aquella clase. Mi hermano fue con don Cipriano (no tuvo suerte) y a mí me mandaron con don Martiniano.

Don Martiniano Martín Santiago.

Cuando salimos de la clase de don Secundino, a mi hermano de maestro le tocó don Cipriano, un ser lamentable que honraba poco su profesión. Yo no lo padecí. Sin embargo, la fama de incompetencia que se ganó nunca hizo justicia real a su mal comportamiento como maestro. Por ello digo que mi hermano tuvo mala suerte. A mí me llevaron a la clase de don Martiniano, un maestro parecido al anterior, pero mi suerte fue que cuando llegué a aquella clase me encontré con un maestro joven, dinámico, amante de su profesión, altruista y muy asequible para todos los niños. Era don Martiniano hijo, me dijeron. Resulta que el maestro propietario de aquella escuela estaba enfermo y de baja. Su hijo, que acababa de terminar la carrera, preparaba oposiciones y, para que los niños de la escuela de su padre estuvieran atendidos, él se ocupó de aquella clase hasta que su padre se restableció.

¡Qué gran suerte tuve! Me encontré con un verdadero maestro. Un salvador del mundo. Un ser extraordinario de los que España da y que a lo largo de los siglos han ido apareciendo. Un humanista que irradiaba sabiduría, decencia y empeño por ayudar a los niños, tan a la merced de aquellos tiempos.

Porque la Ley Moyano, ley de educación por la que se regía la enseñanza en España desde 1857, había diseñado un programa de Enseñanza Media muy exigente, dirigido a las clases altas y medias altas, que eran con las únicas que se contaba para ocupar las profesiones que requerían una gran preparación intelectual.

La Enseñanza Primaria, también exigente en sus programas, en la práctica lo único que pretendía era dar una instrucción básica que permitiera a las clases bajas y trabajadoras el conocimiento mínimo de la escritura y la lectura, algo del cálculo matemático (sumar, restar multiplicar y dividir), ya que para el trabajo sin cualificar que venían realizando era suficiente. Por todo ello, el alumno que permanecía en la Enseñanza Primaria hasta los catorce años nunca tenía la opción de aspirar a cursar enseñanzas universitarias, pues el único camino que había para llegar a estas eran las Enseñanzas Medias, y para poder cursarlas era preciso pertenecer como mínimo a la clase media.

Por todo ello, es más de agradecer encontrar un hombre con un sentido tan altruista, pues le podría haber bastado con instruirnos básicamente en aquellas materias instrumentales que eran suficientes en un ambiente rural.

La diferencia más sobresaliente que encontré fue su trato tan directo y humano, lleno de simpatía y confianza. No nos hablaba enfadado. Cuando era preciso regañaba con firmeza e incluso nos corregía con el castigo físico (muy habitual entonces), pero se le veía dolerse cuando tomaba alguna de aquellas decisiones y después nos reconvenía. Utilizaba la persuasión y la palabra franca. Antes de ser alumnos de don Martiniano hijo, los jueves (por la tarde no había escuela) salíamos de las clases con la misma alegría que sale un preso del penal. Sin embargo, con el nuevo maestro era muy diferente. Don Martiniano nos invitaba los jueves a ir con él al campo a observar la naturaleza y todos los niños le acompañábamos muy contentos.

Lo primero que logró fue transportarme al mundo del saber tan maravilloso. La rudeza en el trato que yo veía en las gentes y que todos practicábamos con los demás, en aquel período desapareció de mi vida. Sentía grandes deseos de portarme bien. El respeto por los compañeros, por las personas mayores, el reconocimiento del amor por mis padres y demás familiares fueron cuestiones que ocupaban mi pensamiento como algo importante en mi vida.

Despertó en mí el afán de saber. Don Martiniano sabía de todo y todo lo trasmitía de manera muy sencilla para mí. De todo nos hablaba y de todo hacía comunión.

Me trasmitió el orgullo de ser español. Nunca apelando al sentido político del término. Recuerdo que en la pizarra escribía, por ejemplo, para que copiáramos, el descubrimiento de América por Cristóbal Colón. Después nos narraba el hecho. Lo hacía tan bien que cuando acababa se sentía uno muy reconfortado.

Otras veces nos hablaba del 2 de Mayo, y del comportamiento de los hombres y mujeres españoles contra los invasores franceses. Aquellos actos de heroísmo nos impresionaban. Igualmente nos hablaba de Viriato y Sagunto.

La narrativa era otras de sus aficiones. Nos leía poesía, y nos hacía aprenderla y recitarla. Todos los días eran estimulantes. El teatro y la representación también los practicábamos.

Todas las propuestas que me hacía, en cuanto a aumentar mis conocimientos, eran recibidas por mí con agrado y estaba presto a satisfacerle.

Los avances en escritura, lectura y sobre todo en cálculo matemático fueron satisfactorios. Aprendí con prontitud a sumar y restar por encima de las unidades. Multiplicar y dividir era un entretenimiento. Abordamos el estudio de los números decimales y fraccionarios, y el conocimiento de la numeración romana. Yo estaba en el grupo de los niños mayores (a pesar de que solo tenía seis años).

El tiempo pasaba y en mi familia estaban encantados. Se hizo una representación de teatro (con gente del pueblo como actores) en el cine me hizo actuar en ella, como narrador de poesía. Antes de acabar aquel año, don Martiniano hijo se marchó y vino don Martiniano padre, ya restablecido de su enfermedad. Fue una gran desgracia para mí. Era un hombre enfermo, nervioso, sin paciencia, sin ilusión por su profesión, asqueado y resentido de los niños. Poco locuaz y poco entendible, caído en la rutina, no hacía ningún esfuerzo por sus alumnos. Quizás pensara que para ser labradores solo necesitaban saber un poco para salir del paso y nada más. Nunca estuvo dispuesto a la mínima concesión intelectual hacia nosotros. Se hacía cada día más antipático y duro.

Nunca contó ninguna historia, nunca me enseñó nada, solo a precaverme para no recibir algún varetazo. En los años que estuve con él, olvidé el placer de aprender.

Después, en el año 1964, ya había comenzado a estudiar el bachillerato, cuando volví a encontrarme con D. Martiniano hijo, el maestro por excelencia, el responsable de que desde niño se me despertara la curiosidad por el saber. Me preparó de tercero y cuarto de bachillerato. Aquellos dos cursos fueron para mí quizás los dos años más importantes para mi vida. Adquirí muchos conocimientos y, sobre todo, apareció en mi persona la facultad de estar siempre en una actitud permanente de aprender de todos y de todo, además de buscar el sentido práctico de mis conocimientos.

Me hizo comprender que al conocimiento se llega a través del estudio profundo de los hechos, la experiencia y las facultades personales. Mi avidez por aprender era tal que nunca estudié solo por el afán de aprobar, sino que intentaba comprender razonando las causas que motivaban los hechos. También era necesario el dominio de la voluntad, pues siempre existe una disculpa que justifica el no hacer lo que se debe: los famosos “mecanismos de defensa”. Comprobé que, aplicando una voluntad férrea, era posible salvar las dificultades del aprendizaje.

Por todo ello siempre le estaré agradecido.

Don Juan Elena Rubio, como maestro

Comencé a interesarme por este maestro desde que llegó al pueblo, mi hermano y mi amigo Sebastián eran parte de sus alumnos, y me hablaban muy bien de él, me contaban las cosas que hacían y desde entonces ansiaba ser su discípulo.

Un día mi padre se decidió a pedirle una vega de su propiedad, muy frondosa que llevaba mucho tiempo sin cultivar, El trato que le propuso consistió en que mi padre la sembraría productos de huerta (tomates, sandías, melones, legumbres etc).

A mi padre le pareció un hombre justo pues en lo acordado prevaleció la mutua confianza y asequibilidad, ya que ellos no se habían tratado hasta entonces A D. Juan, le pareció bien las condiciones pactadas ofrecidas por mi padre..

Aquella siembre fue excelente y muy abundante, y a partir de entonces, este hombre decidió que los trabajos que precisaba hacer en sus fincas, los haría mi padre. Como consecuencia de esta relación de trabajo se fraguo una relación de confianza y respeto entre ellos.

Durante estos sucesos mi edad sería aproximadamente de 10 años, aprovechando aquella circunstancias de buena relación, le pedí a mi padre que hablara con él para que me admitiera en su clase. Así lo hizo y de esta manera fui su alumno.

Sus enseñanzas, en lo que respecta a los contenidos en Lengua española, Matemáticas, Geografía, Historia, etc., no supusieron un gran avance para mí; nada novedoso aprendí. Mantuvo el nivel de poca exigencia propio de la enseñanza primaria de aquellos años. En cambio, sí nos impartió ideología. Para mí aquello fue muy importante, pues desde siempre me habían atraído los conflictos sociales y buscaba desde muy niño la explicación a la injusticia. En definitiva, me atraía el mundo de la política.

D. Juan, como los demás maestros, en aquellos tiempos, se atenía a la corriente ideológica que el Régimen imponía. Pero no era un dogmático, tenía cualidades extraordinarias de liderazgo, además conocía su profesión. Utilizaba recursos pedagógicos que, junto con su humanidad, hicieron que pronto se ganara a los alumnos y padres. Sus clases no eran tan monótonas y aburridas como las del resto de los maestros. Comenzó a darle mucha importancia al deporte. Organizó campeonatos de balón mano y voleibol (en el pueblo nadie jugaba a estos deportes); también de manera seria se ocupó de organizar partidos de fútbol. Hacía competiciones de carreras de sacos y otros juegos que en el pueblo rara vez se practicaban.

Los domingos por la mañana, organizaba con los jóvenes concursos de corte de troncos, de manera que su popularidad creció en el pueblo.

El texto que utilizábamos en su clase era la Enciclopedia Álvarez de tercer grado, un magnífico libro que reunía de manera sintética y práctica los conocimientos indispensables para una buena formación.

En la parte final de la enciclopedia venía lo que denominaban Lecciones de Formación Político-Social, Conmemorativas, Formación Familiar y Social, Higiene y, al final de todo, Formación Política.

Allí el régimen explicaba su ideología. Entonces, como ahora, la política quería influir de manera decisiva en nuestras almas. Aquel maestro era un hombre pragmático, abordaba los conflictos sociales que habían dado lugar a nuestra guerra civil, pero sin fanatismo y honradamente. A mí me encantaba escucharle. Comencé a mostrar muchísimo interés por el mundo de la política. Mis conocimientos se ampliaron mucho con todo esto. Aquellas lecciones de Formación Político-Social vertieron en mi mente los primeros y únicos conocimientos ordenados del mundo de la política.

Solo consultando aquellas Lecciones de Formación de la Enciclopedia Álvarez, podríamos entender cómo aquel Régimen pretendía instrumentalizar a los futuros hombres de aquel tiempo.

De todo aquello que se leía en la escuela, no hacía mi ideario. No veía claro que estuvieran de verdad a favor “del reparto equitativo de la riqueza”, porque siempre había visto que los falangistas eran muy amigos de los ricos.

El tiempo dedicado a estas cuestiones me parecía interesantísimo; sin embargo, estas lecciones se iban repitiendo cada vez menos. D. Juan se empleaba a fondo en que tuviéramos sentido de responsabilidad y decencia, que en nuestra manos teníamos la posibilidad de ser hombres de verdad, que debiéramos afanarnos en construir una familia para ofrecerle todo lo mejor que la vida nos ofrece.

Mi padre siempre que tenía ocasión le preguntaba por mí, en su interior le dolía que yo tuviera que dedicarme a trabajar en el campo, estaba seguro que su hijo si tuviera la posibilidad de estudiar tendría éxito. D. Juan siempre lo animaba en aquella alocada pretensión.

Paso el tiempo y a los 12 años decidí dejar la escuela, quería comenzar a trabajar en el campo, y así comencé a ayudar a mi padre y hacer planes de marchar fuera del pueblo cuando cumpliera los 16 años.

En 1961, pasado el año nuevo, estábamos cogiendo las aceituna en unos olivares del maestro, cada día pasaba por allí este hombre, cuando estábamos en plena faena charlaba con mi padre. Me llamaba mucho la atención que últimamente las parrafadas entre ellos duraban más. Después el maestro nos saludaba y marchaba.

Una noche mi padre llegó a casa muy contento, sería a mediados de Enero. Cuando toda la familia estábamos en torno a la mesa camilla, íbamos a comenzar a cenar, mi padre dijo:

-Fernando vas a comenzar a estudiar.

Mi madre dijo:

-Eso no es posible, nosotros no podemos.

– No te preocupes. D. Juan me ha dicho. Que debemos hacer el sacrificio que sea por el muchacho, que es una pena que no le demos estudios. En cuanto al pago de las clases que él le dará, no debemos preocuparnos, porque como le estamos trabajando ya iremos echando cuentas.

AQUEL CONSEJO Y APOYO FUE DECISIVO PARA MI VIDA por ello declaro que, mi padre y D. Juan, son los dos hombres más principales y decisivos para mí.

La figura de don Juan estará conmigo mientras viva y este pequeño recuerdo es un homenaje a su vida y ejemplo. Espero y deseo que, allí donde esté, abra camino para el reencuentro con quienes esperamos encontrar el verdor y las fuentes cristalinas, para que nunca más volvamos a tener sed.

La casa de don Juan Elena Rubio y su forma de vivir.-

La relación de mi padre con don Juan era cada vez de mayor confianza, ya que aquel Maestro encargaba a mi padre la realización de los trabajos que necesitaba realizar en sus viñas. Había plena satisfacción mutua en su relación de trabajo. Mi padre siempre estaba presto a realizar, las tareas que necesitaban, los campos de este hombre.

Le araba las tierras, cortaba los árboles, podaba las viñas, recolectaba la aceituna y los higos, vendimiaba. Y don Juan le pagaba los trabajos que realizaba. Además, le dejaba sembrar hortalizas en una huerta muy frondosa de su propiedad. Como consecuencia de esto, mi padre me enviaba a su casa, para los mandados que en cualquier momento necesitaba. Aquello hizo posible que conociera de cerca a aquel maestro y su familia.

Tengo que decir que, como consecuencia de aquel conocimiento, nació en mí el deseo de que algún día yo pudiera formar una familia como aquella. Era totalmente distinta al tipo de familia campesina, en la que yo me criaba y a las que conocía y formaban los labradores en mi pueblo.

Me gustaba la casa donde el Maestro vivía. Tenía dos plantas, no era muy grande y estaba dotada de todos los adelantos de la época, por lo que la veía muy confortable. Lo que más me llamó la atención era la relación de este hombre con su esposa e hijos.

Él era un hombre con gran capacidad de seducción, aunque bastante serio. Enseguida, al hablar con él, te trataba con gran familiaridad. Era muy estimado en el pueblo y tenía gran capacidad de liderazgo. Su habla era conceptista y muy franca, tenía sentido de la justicia. Su cordialidad entre los próximos estaba fuera de toda duda. Fue alcalde de mi pueblo, durante bastante tiempo, en aquel tiempo se hizo un alcantarilladlo nuevo que alcanzó a todos los hogares y también se trajo el agua corriente a todas las casas, algo de mucha importancia en aquellos tiempos, cuando se acarreaba el agua potable en cántaros de barro que transportaba en su cabeza las mujeres, desde la Fuente del Castaño o la de la Huerta la Orden. También fue cofundador de la cooperativa de aceituna del pueblo, una de las primeras que se formaron en aquella comarca y que sirvió para la defensa de las producciones de aceite. Desde entonces en el pueblo, se reguló la jornada de trabajo de los recolectores y se defendió el precio justo de la aceituna, impidiendo los abusos que hasta entonces se cometían.

Políticamente al ser Alcalde tuvo un cierto compromiso con lo que fue el Régimen, pero nunca su comportamiento como alcalde, estuvo precedido por algún prejuicio de carácter político.

Cuando intervenía contra alguien, lo guiaba su sentido de la justicia y no que el individuo perteneciera a alguno de los bandos a favor o en contra del Régimen. Nadie nunca lo tachó de beneficiar a la clase de los hacendados por encima de las demás clases. A todo el mundo trataba con respeto y consideración. Se adolecía del pobre y trataba de ayudarlo. Políticamente era de los que creían en “la revolución pendiente” que los falangistas tendrían que llevar a cabo. Alguna vez le escuché hablar de la “reforma agraria” que José Antonio preconizó. No es que tuviera unos conocimientos políticos muy grandes, pero estaba por encima de la media de aquellos que formaban la clase dirigente de Alcuéscar. Estoy seguro de que sus conocimientos sobre socialismo, comunismo e incluso liberalismo no fueron muy profundos. Pero él aplicaba el sentido común a todo, y su honradez, que era absoluta, irradiaba decencia y honestidad en cada una de sus actuaciones. Fue profundamente religioso; su relación con la Iglesia fue siempre estrecha y no carente de una cierta ingenuidad.

Nunca hablé con él en profundidad de su concepto de Dios ni de lo que ocurrirá después de la muerte, pero creo que estaba convencido de la existencia de otra vida según el concepto católico de la Religión. Guardaba los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Era lo que siempre hemos conocido como “un buen cristiano”.

Lo más sobresaliente de su vida, tal como yo la recuerdo desde fuera, era su  sentido hedonista que contagiaba. Su esposa lo hizo muy feliz. Se les veía muy enamorados. La alegría de aquel matrimonio la veía contagiosa, su confianza, su respeto, su lenguaje cariñoso, sus bromas e incluso sus caricias. Me parecía que vivían en el cielo. Pensaba que nada podría haber por encima de aquello. Allí era como si nunca pudieran tener problemas. Tenían cuatro hijos. Los dos mayores, Vicente y Rosi, han sido, son y serán para siempre mis amigos del alma también.

Era un hombre muy trabajador. Además de ejercer de maestro en mi pueblo y llevar la alcaldía, tenía en su casa la representación del Banco Hispanoamericano. Por las noches, preparaba a los estudiantes en los primeros cursos de bachillerato y seguía ocupándose de sus tierras.

Cuando pasaba por la calle donde vivían, muy próximos a mi casa, escuchaba cantar a toda la familia y él los acompañaba tocando su violín. Todos eran muy cariñosos. Su forma de vestir y su culto al cuerpo estaban muy por encima de lo que eran entonces las clases altas.

Para mí fue muy beneficioso conocer tan de cerca una forma de vivir tan diferente a la de mi familia y a la de otras que conocía. Desde aquel momento, en mi horizonte pude ver que había cosas por las que merecía la pena luchar. La paz que aquellas gentes irradiaban me sobrecogía. Mis sentimientos con los Elena eran parecidos a los que tuve cuando don Martiniano hijo, consiguió introducirme en los vericuetos del saber. Comprendí que no solo existían las contradicciones entre los ricos y los pobres o la lucha por la vida. Descubrí el vivir placentero sin hacer daño a nadie, descubrí que en la vida basta con tener paz y que la familia es el elemento fundamental de estabilidad para el alma. Desde entonces, me esforcé en formar una familia que supusiera un remanso de paz para calmar la sed que produce el hastío de la vida. Nada como la familia, todo por la familia es lo único que puede dar sentido a nuestras vidas.

Madrid 23 de Febrero de 2022

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